Sándor Márai

Las novelas de Sándor Márai, ahora muy celebradas y durante décadas perdidas en el olvido por causa del pensamiento único comunista que asfixió su país, son pausadas, reflexivas, a veces de una incisiva lucidez, y en otras ocasiones excesivamente melodramáticas. Márai  era un explorador de la musicalidad del lenguaje, y eso es algo que nos perdemos los que no conocemos su lengua materna, el húngaro, pero siempre podemos disfrutar de la profundidad psicológica de sus protagonistas y de la brillante recreación de la Europa de entreguerras.

Se ha comparado a Márai con Thomas Mann y con Stefan Zweig, algo que desde luego me parece exagerado; ahora vivimos una época de exaltación de su figura por la reedición de sus novelas tras la caída del telón de acero, y es probable que con el tiempo este autor abandone una sobrevaloración  innecesaria que es fruto de la moda y de las operaciones de mercadotecnia.

Tengo una especial simpatía por dos de sus novelas El último encuentro y Divorcio en Buda, de la que traigo aquí este pequeño fragmento:

Imagínate que una persona a la que amas está gravemente enferma…, y la única forma de curarla es hacerle la autopsia mientras está viva, abrirla, analizar y experimentar con la materia viva, porque así a lo mejor encuentras el modo de salvarla… Me gustaría curar a Anna. Ella también lo sabe ya. Hay algo entre los dos que impide que ella esté totalmente conmigo. Su cuerpo es dócil, su alma está dispuesta a todo, y, sin embargo, se resiste a entregarme su secreto más profundo, su única propiedad privada, lo más importante para ella, un recuerdo, un deseo, algo, no sé. ¿Qué significa esa nimiedad comparada con la infinitud de una vida entera? La naturaleza trabaja con enorme derroche: sólo en el cerebro humano hay seiscientos mil millones de células. ¿Qué importa, pues, una sensación oculta, una emoción inconsciente? A veces me parece que no importa mucho. Y otras pienso que todo depende de eso. Por supuesto, no se puede vivir con esta tensión permanente. Intento servir a los demás, lo que para mí constituye el único sentido de la vida. Tengo que trabajar, cueste lo que cueste. Me hago la autopsia a mí mismo. Sin piedad. Me tumbo en la mesa del quirófano y examino todos mis sentimientos y mis recuerdos con la esperanza de que la culpa sea también mía, de que me haya equivocado, de que no haya amado a Anna, de que no la haya amado lo suficiente, de que no haya sido lo bastante hábil o astuto…, porque quizá necesitemos también astucia para el amor.

SandorMarai

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s