El gatopardo, de Luchino Visconti

Se cumplen 50 años del estreno de la obra maestra de Luchino Visconti, “El gatopardo”. Como homenaje, reproduzco el texto que escribí sobre esta gran película en mi libro “Las cien mejores películas del siglo XX”.

El gatopardo constituye la cima estética del cine de Luchino Visconti y, cronológicamente, se sitúa más o menos en el centro de su obra. El director italiano había rodado antes Rocco y sus hermanos (1960), que cierra un periodo donde, con la excepción de Senso, había dominado en su obra la influencia, no siempre benéfica, del Neorrealismo. A partir de entonces, Visconti altera radicalmente su estilo cinematográfico hasta hacer tan importante el detalle estético como la propia narración; buscará para siempre la belleza absoluta, sin darse cuenta de que ya se había encontrado con ella en una luminosa y polvorienta villa siciliana en 1963. Las obras de Visconti posteriores a El gatopardo pueden intersesar como fieles adaptaciones literarias, o como crónicas preciosistas y grandilocuentes lamentablemente dominadas por el zoom y el teleobjetivo, pero nunca como obras de arte de la talla de esta película.

Cuando Visconti adaptó la novela de Giussepe Tomaso de Lampedusa al cine, trató de ser extremadamente fiel al original, y lo consiguió hasta el grado de ser éste uno de los pocos ejemplos en los que la versión cinematográfica está a la altura del original literario. No obstante, Visconti prescindió de los dos últimos capítulos, para que así su historia terminara en el punto más intenso de la narración; hasta en eso acertó el director italiano.

Sin la identificación de Visconti con el protagonista, y por lo tanto con el propio Lampedusa, la película no podría haber alcanzado tanta sinceridad. Cuando el príncipe, magistralmente interpretado por Burt Lancaster, decide regresar a su casa solo desde la fiesta que ocupa el último tercio de la película, todos, Visconti, Lampedusa y el príncipe de Salina, han aceptado que su modo de vida ha terminado, y que lo único que les quedará de ella es la nostalgia y el ansia por la muerte: “Oh estrella del alba, ¿cuándo me darás una cita menos efímera, lejos de los troncos y de la sangre, en la región de la perenne certidumbre?”.

La película no sólo marca un punto de inflexión en la carrera cinematográfica de Visconti, sino también en su vida personal; El gatopardo sufrió un duro rechazo por parte del Partido Comunista Italiano, del que Visconti era miembro, y supuso el inicio, posiblemente deliberado, de su despolitización. Visconti reconoció más adelante que su militancia en el PCI respondía más a un rechazo absoluto al fascismo que a un convencimiento marxista, aunque no escapaba a nadie el contrasentido de que un comunista obligara a sus criados a servir la comida con guantes blancos.

El gatopardo es convincente desde la presentación, cuando la cámara avanza hacia el palacio de los Salina, mientras el viento agita las cortinas y la familia se dispone a rezarel rosario. Los decorados de Mario Garbuglia, la fotografía de Giuseppe Rotunno y la música de Nino Rota adornan y acompañan la narración sin subrayarla nunca en exceso, y la interpretación de los actores, en especial la de Burt Lancaster, son inolvidables. Visconti eligió a Alain Delon como estrella y, de hecho, fue el único actor que dispuso en todo momento de un camerino propio, pero Lancaster supo crear la mejor composición de su carrera, hasta el punto que Visconti lo volvió a elegir, diez años después, para encarnar a un personaje decididamente autobiográfico en Confidencias (1974)

Según el propio Visconti, en El gatopardo se narra la historia de un contrato matrimonial: la belleza primaria de Angélica entregada a la voracidad (sexual y económica) de Tancredi. La burguesía emergente se une a la aristocracia decadente: “que todo cambie para que nada cambie”. El príncipe también está fascinado con Angélica y, de alguna forma, sublima su deseo por ella al verla en brazos de su sobrino, llegando a justificar el matrimonio de conveniencia:”con ella satisface su deseo carnal, efímero, y su tranquilidad económica, perenne”.

Cuando termina la película, después de más de tres horas de proyección, ya no podremos olvidar el travelling de la cámara por el jardín y la terraza del palacio de Salina, el encadenado entre las calles envueltas en humo de Palermo y la comitiva de la familia en su viaje hacia Donnafugata, el Té Deum en la iglesia con la familia Salina cubierta todavía por el polvo del camino, el príncipe ante la pintura de Greuze Muerte del justo reflexionando sobre su propio otoño y, sobre todo, el baile casi eterno en el que cada personaje ocupa definitivamente el puesto que su tiempo le ha hecho vivir.

Todo en El gatopardo es hermoso, intenso e imperecedero, su melancolía y su lirismo están más allá de las críticas.

“Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los hombres, naturalmente, un siglo, dos siglos… Y luego será distinto, pero peor. Nosotros fuimos los gatopardos y los leones, los que nos sustituirán serán chacales y hienas, pero todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra”.

La película obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1963.

Il Gattopardo - Film 1963

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Revista TURIA

Turia es una revista cultural del máximo prestigio que nace en Teruel en 1983. Está dirigida con un excelente criterio por Raúl Maícas Pallarés, que es jefe del gabinete de prensa de la Diputación Provincial de Teruel y licenciado en filología francesa. Turia ha recogido escritos de firmas tan prestigiosas como las de Camilo José Cela, Luis Buñuel, Savater, Aranguren, Octavio Paz, Günter Grass, etc.

Obtuvo en 2002 el Premio Nacional al Fomento de la Lectura. Tiene difusión nacional e internacional y es la publicación cultural aragonesa de más dilatada trayectoria. Sólo publica inéditos y su preocupación preferente es la literatura contemporánea, tanto española como de otros países e idiomas. También publica trabajos sobre artes plásticas, cine, filosofía, música y entrevistas con los protagonistas de la actualidad cultural.

Turia está editada por el Instituto de Estudios Turolenses, y patrocinada por el propio Instituto, el Ayuntamiento de Teruel y el Gobierno de Aragón. Se estructura en nueve secciones que contienen creación, estudios literarios, ensayos, entrevistas y comentarios sobre la actualidad cultural y crítica de libros.

En su último número 105-106, incluye una reseña firmada por Carlos Fortea de mi novela El fotógrafo de cadáveres. La copio más abajo, ya que no tiene acceso directo por internet.

MEMORIA DEL FRÍO

El fotógrafo de cadáveres es un libro que tiene la especial condición de que de él no se sale como se entró. Nada permite esperarlo en las primeras páginas: de ellas emana una especie de seca objetividad, levemente inquietante, pero que todavía acoge al lector dentro de una cámara en la que aún no reina una temperatura desasosegante.

Sin embargo, pocas páginas (¿minutos? ¿segundos?) después uno empieza a sentir que el termómetro debe de haber bajado, porque en esa novela hace frío. Un frío salpicado de frases ardientes («Durante la noche, Arthur Klammer sueña que su madre ha muerto»), de ecos de Albert Camus que resuenan (¿o repican?) en la corteza de nuestros recuerdos.

Un frío de vidas cuestionadas. La trama las acoge como un guante a una mano: un fotógrafo viaja al frente serbio, durante la I Guerra Mundial, y el lector ya sabe desde la portada cuál habrá de ser su cometido, aunque todavía no sabe por qué; un soldado viaja también al frente, con un arma en la mano en lugar de una cámara, la frontera extrema de la vida humana se ofrece a los sentidos con una inminencia que sería agobiante de no ser tan gélida. La temperatura sigue bajando («Una curiosidad insana por ver de cerca el rostro del mal». «Es mejor despertar en el espejismo de un recuerdo amable que en una fría aldea de tumbas»), pero no alcanza el punto de congelación, aquel que permitiría al lector apartarse del libro, volverle la espalda con desesperanza.

Porque, dentro de este libro gélido late la vida. El lector la percibe en cada frase, transida de una intensa compasión (en el sentido etimológico del término) con la condición humana, llena de reflexiones sobre el destino absurdo de los hombres empujados a matar, o a morir, o a obedecer cualesquiera designios de un poder sustentado en valores irreflexivos.

En este libro gélido late el amor. Explícito en la trama, en las relaciones entre los humanos que, vivos o muertos, pululan por las páginas del relato, pero más aún implícito en las palabras con las que se nos cuenta. Amor como destino de la especie, pero también como pulido espejo de nuestras limitaciones. Y todo ello escrito en una prosa de abrumadora precisión. Una prosa compleja que crea la ilusión de ser sencilla, frases que quedan en la memoria como condensadas expresiones breves y, al volver a buscarlas en el texto, resultan ser extensas reflexiones que el lector ha bebido con el largo trago del champán y el corto impacto del aguardiente. Una prosa que abofetea como se abofetea al adormilado para despertarlo.

Julio Castedo no es nuevo en estas lides, como recuerdan los lectores de El jugador de ajedrez y Apología de Venus. Si lo fuera, habría que saludar con alegría la novedad. Los que ya éramos sus lectores saludamos el notable salto hacia adelante. –CARLOS FORTEA.

Julio Castedo, El fotógrafo de cadáveres, Barcelona, Plataforma, 2012.

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El fotógrafo de cadáveres en iTunes

El fotógrafo de cadáveres está ya disponible en iTunes.

Va el enlace:

https://itunes.apple.com/es/book/el-fotografo-de-cadaveres/id616023361?mt=11&fb_action_ids=560141114025858&fb_action_types=og.likes&fb_source=timeline_og&action_object_map=%7B%22560141114025858%22%3A476838769036540%7D&action_type_map=%7B%22560141114025858%22%3A%22og.likes%22%7D&action_ref_map=%5B%5D

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Los idus de marzo

El decimoquinto día del mes de marzo se celebraban en el calendario romano los idus de marzo, que son famosos en la historia y en la literatura por haber visto, el año 44 a. de C. el asesinato de Julio César.

Thornton Wilder escribió en 1948 una excelente novela con el mismo título, que recrea en forma epistolar un profundo retrato psicológico de Julio César pleno de ternura e ingenio. Para Wilder, en línea con el Julio César de Shakespeare, César fue un líder bienintencionado pero demasiado ególatra y siempre preso de sus debilidades.

Tal vez no sea Los idus de marzo un ejemplo arquetípico de novela histórica, como no lo son Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar ni La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, pero es con esas novelas, y no con las pueriles fantasías caballerescas que llenan las mesas de best sellers, con las que la novela histórica se ha hecho grande y perdurable.

Estoy acostumbrado a que me odien. Ya en mi temprana juventud descubrí que no necesito la opinión de otros hombres, ni aun de los mejores, para confirmarme en mis acciones. Pienso que sólo existe una soledad más grande que la de quien rige un estado, y ella es la del poeta, ¿quién podrá aconsejarle en esa permanente sucesión de elecciones que es un poema? (…)  Todos los conspiradores se marcharon y lo dejaron tendido, muerto, durante algún tiempo. Por fin, tres esclavos comunes lo pusieron en una litera y lo llevaron a su casa, con un brazo colgando a cada lado.

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Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez cumple hoy 86 años. Ahora que la nada voraz del Alzheimer le está robando las últimas leyendas de Macondo y los aromas de los bosques fluviales en los que se condensó su hermosa forma de narrar, quiero reivindicar aquí el doloroso clamor por su silencio.

Ni Gabo necesita mi elogio ni se enterará de mi felicitación, pero aquí dejo el uno y la otra, como eterno agradecimiento a una obra sublime.

Las lecturas de Cien años de soledad, El otoño del patriarca y El amor en los tiempos del cólera cambiaron mi manera de entender la novela, e hicieron nacer mí una irrenunciable vocación de escribir.

GabrielGM

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El fotógrafo de cadáveres en e-Book

Me comunica Plataforma Editorial que ya ha salido a la venta la versión para e-Book de El fotógrafo de cadáveres.

A partir de hoy mismo puede adquirirse en Amabook.com, os dejo el enlace:

http://www.amabook.es/catalogo/plataforma-editorial/el-fotografo-de-cadaveres

En pocos días estará en el resto de las tiendas on-line, como La Casa del Libro, FNAC, etc.

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Tennessee Williams

Hace 30 años que murió en Nueva York Tennessee Williams, el mejor exponente de la versión teatral del llamado estilo gótico sureño, un subgénero literario llevado a la cima por William Faulkner y en el que han brillado escritores como Eudora Welty, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Erskine Caldwell, Truman Capote o, más recientemente, Cormac McCarthy.

Williams reúne en su obra personajes atormentados, mujeres que merodean la locura y un sinfín de conflictos familiares en un entorno asfixiante de tensión sexual y violencia soterrada, que era una proyección de su propio universo personal y familiar, donde resultaron determinantes su homosexualidad mal asumida, su alcoholismo o la patología psiquiátrica de su hermana. Él escribía, según sus propias palabras, para airear los armarios, áticos y sótanos del comportamiento humano.

La intensidad dramática de sus argumentos y la eficacia de sus diálogos propiciaron que muchas de sus obras fueran llevadas al cine con éxito. Las adaptaciones de Elia Kazan (Un tranvía llamado deseo) Richard Brooks (La gata sobre el tejado de zinc y Dulce pájaro de juventud), Joseph L. Mankiewicz (De repente el último verano) o John Huston (La noche de la iguana) estarán ya para siempre en la memoria de los cinéfilos.

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